miércoles, 22 de marzo de 2017

Relato erótico lésbico: Locus amoenus: la primera vez


El timbre sonó a las cuatro en punto y la mayoría de alumnas se apresuró para salir cuanto antes. Era un viernes de primavera, de modo que pasar la tarde en cualquier espacio abierto sería mejor que quedarse dentro de aquel edificio de paredes asépticas y pasillos altos y estrechos. Carla recogía sus cosas con calma, del todo ajena al buen tiempo y a Amelia, Amy, que la observaba desde la última fila de pupitres.
Carla echó a andar con la mochila colgada del hombro, alisándose un poco la camisa y luego la falda. Después de estar sentada tantas horas estaba completamente arrugada. Además, aunque ya hubiera salido de clase tenía que dar buena imagen: cualquiera que viera a una jovencita con aquella falda plisada de cuadros azules y grises sabría que estudiaba en la prestigiosa academia inglesa Wilson.
Salió por la puerta principal, todavía sumida en sus pensamientos. Amelia la seguía, unos pasos por detrás, hasta que empezó a andar un poco más rápido y acortó la distancia que las separaba, para cubrirle los ojos con las manos cuando llegasen a una calle menos transitada.
―¿Amy? ―susurró Carla con inseguridad, palpando las manos de su compañera.

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viernes, 17 de marzo de 2017

Relato erótico lésbico: Sobraban las palabras

El roce de sus dedos era suave y firme. Ascendía por mi brazo con una lentitud casi exasperante, provocando que mi respiración fuera cada vez más pesada. Hasta sentía mi corazón latiendo a una velocidad vertiginosa, como si estuviera al borde de un abismo.
Cuando nuestras miradas se encontraron noté cómo un escalofrío recorría mi cuerpo por completo. ¿Y ahora? Sobraban las palabras, porque era imposible que existiera alguna que expresara todo lo que me hacía sentir. Y aunque sí existieran, sería incapaz de formular una frase siquiera. Pero no, tampoco hacía falta hablar, porque nuestros ojos conectaron y se lo dijeron todo antes de parpadear.
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miércoles, 15 de marzo de 2017

Sexo con arnés: consejos y posturas para empezar

Después del gran éxito de las dos entregas de posturas para el sexo se me ocurrió hacer una tercera parte hablando de sexo con arnés. No obstante, cuando empecé a escribir me di cuenta de que quizá sería necesario hacer una pequeña introducción y dar algunas pinceladas sobre esta práctica, así que… ¡allá vamos!
En el mundo lésbico hay muchas chicas que no se atreven a probar los arneses por su forma fálica. Pero yo os tengo que decir que esa no es excusa: hay dildos muy bonitos y nada realistas que os van a dar más alegrías que disgustos. Mi consejo es que os arriesguéis y que le deis una oportunidad, porque os aseguro que os va a sorprender muy gratamente. Y es que el sexo con arnés tiene muchas ventajas, ahora os cuento.
Para que os hagáis una idea, durante esta práctica hay una chica que da y otra que recibe. Si bien no creo en las etiquetas activa y pasiva en el sexo lésbico como algo permanente (si lo fuera, significa que hay una que solo da y otra que solo recibe, y no es lo que ocurre de forma habitual), en este caso creo que es apropiado usar estos términos. La activa sería la chica que se coloca el arnés y, por tanto, penetra a la otra chica, la pasiva.
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domingo, 5 de marzo de 2017

Valkiria, el gel intensificador de las diosas guerreras

Como ya os comenté por Instagram, hoy vengo a hablaros de cosmética erótica. Siempre digo que es una alternativa recomendadísima a todas aquellas que queréis experimentar en el sexo, pero os da algo de apuro empezar con juguetes eróticos. Además, la cosmética erótica ofrece tantos productos que sirven tanto para empezar como para juegos más avanzados.

En efecto, este producto está inspirado en las valkirias, las diosas guerreras de la mitología nórdica. Con este nombre ya me entraron muchas ganas de probarlo, la verdad. Pero antes de nada: ¿qué es lo que hace Valkiria? Pues se trata de un gel intensificador del orgasmo que lo potencia y aumenta la sensibilidad.
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lunes, 20 de febrero de 2017

Relato erótico lésbico: Al ritmo de la música


Es la más guapa, la que mejor baila y a la que mejor le quedan las mallas.
Y ahora me está mirando.
Aparto los ojos del espejo para no verla reflejada en él y me concentro en los movimientos de la profesora: pierna derecha hacia adelante, brazo izquierdo hacia atrás y cambiamos. Hago el paso un par de veces más hasta que por fin le cojo el tranquillo y lo repito cuando oigo la música.
―Estupendo, Elena. ¿Quieres venir aquí delante para que tus compañeras vean cómo lo haces?
La instructora de baile se pierde por la sala. Oigo su voz al fondo, diciéndole a una compañera que tiene que levantar un poco más la pierna. Elena se pone en el centro y comienza a bailar. La música vuelve a sonar y, en esta ocasión, no soy capaz de no mirarla, como tampoco puedo negar que hace el paso perfecto.
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